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Mensaje de Dirección - Abril 2010

Si algo caracteriza al siglo veintiuno es el símbolo del cambio. Muchas de las concepciones, ideas, reglas y principios que regían la sociedad se encuentran en proceso de modificarse. Hoy más que nunca, el futuro del género humano está marcado por la variación.

Es muy probable que algunos de estos cambios sean graduales y, por tanto, relativamente fáciles de manejar. Sin embargo habrá otros, sustantivos, que exijan nuevas formas de pensar y de comportarse. Esto presupone enfrentar la dificultad que tiene el ser humano para manejar cualquier tipo de cambio, lo cual implica abandonar una postura conocida y aceptar la incertidumbre que conlleva aquello que ignoramos.

Pero no se trata de cambiar porque esté de moda, sino de efectuar únicamente las transformaciones necesarias: Aquellas que nos permitan adaptarnos a las circunstancias actuales, al tiempo que elevan nuestra calidad de vida. Si deseamos lo mejor de mañana, necesariamente habremos de conservar lo mejor que tenemos hoy. Este balance resulta fundamental, y lograrlo será una clara demostración de inteligencia.

El proceso de cambio habrá de reflejarse, asimismo, en la educación que ofrecemos a nuestros hijos, puesto que la educación tradicional que nos brindaron nuestros padres ha ido variando para adecuarse a este nuevo horizonte. Esto no significa que los valores transmitidos de generación en generación deban olvidarse sino, antes bien, que tendremos que fortalecerlos especialmente. 

La escala de valores y creencias de cada persona es la que determina tanto su forma de pensar como su comportamiento. Tengamos presente que la carencia de un sistema de valores propicia en los individuos, especialmente entre los menos maduros, la indefinición, la indefensión, y un vacío existencial que los deja a merced de otros; de los criterios de conducta y modas más banales y, muchas veces, perjudiciales.

Por el contrario, los valores que compartimos con los seres que nos rodean, ayudan a que sepamos quiénes somos realmente, hacia dónde vamos, qué queremos y qué medios nos pueden conducir al logro fundamental de nuestra existencia: el bienestar emocional.

Estos valores no dependen de los tiempos, porque nada tienen que ver con el sistema económico o político vigente, ni con las circunstancias del momento. Son atemporales y favorecen la sociabilidad y el equilibrio entre las personas, por su sólida vinculación con la dignidad humana y porque promulgan el respeto a las opiniones y necesidades de los demás.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU reconoce al hombre como portador de valores eternos, que siempre han de ser respetados. Estos valores, reconocidos por todos, sientan las bases de un diálogo universal y pueden servirnos de guía: Al individuo, para su autorrealización. A la humanidad, para una convivencia en paz y armonía.
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