Desafortunadamente, vivimos en un mundo donde se ejerce todo tipo violencia. En él coexisten la violencia política y la económica, pues la pobreza es una forma de violencia. La intolerancia es otra forma de violencia que impide escuchar a quienes piensan distinto, y genera aún más violencia al pretender imponer un punto de vista único. La televisión, la radio, el cine y los videojuegos reproducen la violencia, misma que penetra inexorablemente la psique colectiva.
Resulta evidente que ni la casa, ni la escuela escapan a esta violenta realidad, de tal modo que nuestro compromiso como educadores –padres de familia y escuela— es fortalecer la cultura del respeto y la convivencia democrática. Porque convivir en paz es asunto de todos, nuestra respuesta conjunta ante el dilema sobre qué hacer frente a la violencia no ha de ser represiva, sino preventiva. Por ello no podemos aceptar prácticas educativas que no cuestionen las raíces de la violencia.
La sociedad civil está obligada a promover éticamente una cultura de la paz que abarque las esferas de la educación, las artes, la ciencia, la tecnología y la comunicación. La UNESCO ha definido claramente los lineamientos que distinguen la llamada “Cultura de la Paz": Edificar una cultura de paz significa modificar las actitudes, las creencias y los comportamientos –desde las situaciones de la vida cotidiana hasta las negociaciones de alto nivel entre países— de modo que nuestra respuesta natural a los conflictos sea no violenta y que nuestras reacciones instintivas se orienten hacia la negociación y el razonamiento, y no hacia la agresión.
Sabemos que los conflictos forman parte de la vida, y que incluso son necesarios para crecer. Por ello, si bien no podemos hablar de una educación ausente de conflictos, sí podemos fomentar una convivencia donde se respeten los derechos de todas las personas. Para vivir en armonía, el ser humano debe desarrollar relaciones humanas cálidas que fortalezcan su autoestima; para ello tendrá que saber manejar los conflictos de la vida cotidiana en forma pacífica y constructiva.
Asumir el conflicto como algo natural presupone comprender que, en sí mismo, éste no es sinónimo de violencia, ni tampoco de desgracia. Hay que aprender a enfrentar y resolver conflictos como parte del proceso de maduración que nos ayudará a convertirnos en mejores seres humanos. Este es el mensaje que tenemos que transmitir a nuestros niños y jóvenes.
Sabemos que al interior de la escuela surgen conflictos. Por su naturaleza, en este micro universo conviven un sinnúmero de personas, cada cual con su propia visión del mundo. Además, la escuela constituye un espacio donde se reflejan los conflictos que aquejan a la sociedad, aunque no debemos olvidar que ni es responsable de los males sociales, ni tampoco la panacea que nos liberará de ellos. Sin embargo, al ser un campo privilegiado de aprendizaje, es en la propia escuela donde la “cultura de la paz” ha de vivirse como una meta dinámica y un proceso creativo cotidiano.
Toda propuesta educativa progresista considera el aprendizaje de la ciudadanía democrática como algo fundamental. En palabras de John Dewey: La democracia constituye en sí misma un principio educativo, un modelo y una forma de educación. El principio de la democracia debe llegar a convertirse en una práctica cotidiana tanto en la familia como en la escuela, pues sólo así formará parte de la ética personal de nuestros niños y jóvenes. Para ello es imprescindible que los padres de familia y la escuela se esfuercen en generar un clima de seguridad, confianza y apoyo mutuo en torno a la comunidad escolar.
El tratamiento de las relaciones interpersonales como un medio para asegurar una convivencia de paz deberá tener un lugar preponderante en el proyecto educativo. Entre las características principales en que deben fundamentarse estas relaciones podemos hablar de “reciprocidad”, “horizontalidad” y “empatía”. Con base en estos principios, hemos establecido una nueva serie de acuerdos que fijan los límites de conflicto permitidos para los integrantes de nuestra comunidad escolar.
Debido seguramente a la tensión que causa vivir en un medio donde la violencia pareciera ser una costumbre hemos observado, no sin preocupación, cómo algunas veces las diferencias entre nuestros alumnos tienden a desembocar en confrontaciones innecesarias. Por ese motivo es labor urgente de la escuela, así como de los padres de familia, discutir y recordar con los alumnos las normas de convivencia que rigen la vida escolar y, en general, todas las relaciones sociales.
Un punto a resaltar en el marco de los programas educativos del Alexander Bain es el referente al aprendizaje de habilidades, estrategias y resolución no violenta de conflictos, donde la educación afectiva, y la educación para la paz y los derechos humanos tengan un papel destacado. Otro punto fundamental es el relativo al ejercicio de la disciplina democrática –como podría llamarse la disciplina que se asienta en los valores del respeto mutuo, de los derechos y de los deberes—, misma que habremos de seguir todos y cada uno de los miembros de nuestra comunidad educativa a fin de garantizar una convivencia pacífica.