Actualmente el tema de los valores está en boga. Inclusive podría decirse que hoy se habla más bien acerca de cómo la sociedad pareciera estar marcada por la falta de éstos. En el seno de una comunidad educativa reflexionar sobre ello no es cosa menor, puesto que sabemos que es primero en la casa, y paralelamente en la escuela, donde los niños adquieren los valores fundamentales que regirán su forma de vida.
Los valores no son meramente un concepto abstracto, pues aunque surgen de la capacidad humana de interpretar el mundo permiten también, mediante dicha interpretación, la transformación del mismo. Es por ello que únicamente con base en los valores los seres humanos logran convivir pacíficamente.
Pero no basta con hablarle a los niños acerca de los valores universales, hay que demostrárselos poniéndolos en práctica con nuestras actitudes y nuestras acciones. Los valores se edifican cotidianamente, ya que la esencia del ser humano se construye a través del quehacer diario. Sin embargo, vale la pena subrayar que esta noción tampoco le resta valor a la educación ética como tal, y así lo ha señalado Jacques Delors: “Frente a los numerosos desafíos del porvenir, la educación constituye un instrumento indispensable para que la humanidad pueda progresar hacia los ideales de paz, libertad y justicia social”.
Es aquí donde conviene plantearse una pregunta, ¿qué valores estamos ayudando a construir para que nuestros niños logren tener principios sólidos que los ayuden a diferenciar entre el “éxito” fácil, y un camino ético escogido por ellos mismos? Para apoyarlos en su elección, una tarea urgente es la promoción de valores cívicos como la solidaridad y la generosidad. Sobre todo si deseamos que alcancen una convivencia pacífica en sociedad, que les permita desenvolverse en un mundo más humano, menos desigual, caracterizado por la libertad y la diversidad ideológica, política y religiosa.
Como complemento de la libertad resulta imprescindible educar en la ética de la responsabilidad. Considerando que ser responsable significa, entre otras cosas, asumir las consecuencias de las acciones por las que uno se decide: Somos responsables de lo que hacemos, así como de lo que dejamos de hacer, ya que incluso los actos que consideramos privados tienen consecuencias sociales. La ética comienza donde el hombre acepta que no todo le da igual, y el éxito de la vida humana –un proceso continuo de elecciones— está en elegir uno mismo cómo ha de vivirla.
En el reciente coloquio “Valores” –realizado en la UNAM—, uno de los filósofos contemporáneos más reconocidos a nivel internacional, el holandés Rob Riemen, se refirió al grave problema que enfrentan las sociedades actuales en cuanto a que, independientemente de sus profesiones, las personas viven interesadas sólo en su pequeño círculo. La consecuencia es que ya no existe un sentido de responsabilidad general: “Sólo nos sentimos responsables de nuestro ámbito inmediato”.
Por ese motivo, cuando hablamos de ofrecer a nuestros alumnos una educación integral, no podemos hacer a un lado la educación ética. Nuestra obligación como educadores —padres de familia y maestros— es fomentar un mayor conocimiento de las consecuencias de nuestros actos y nuestras omisiones. Debemos educar en una ética que ayude a los niños a comprender su responsabilidad, no sólo en el presente sino a futuro. En una ética que les permita optar por la creación y no por la destrucción.
El filósofo español, Fernando Savater, afirma que la educación ética –que incluye pautas de educación en valores cívicos y morales— tiene que ser deliberadamente inculcada en niños y jóvenes, puesto que no se adquiere normalmente del medio ambiente. Considerando además que aquello que nuestros hijos pueden llegar a absorber, por ejemplo, de los medios de comunicación, dista mucho de ser lo que nosotros escogeríamos para ellos.
En palabras muy sencillas, Savater nos aclara que “la pregunta de la ética es cómo vivir”. Una pregunta que los seres humanos nos seguimos planteando a todo lo largo de la vida. Afirma también que no se debe educar para la desesperanza, “pues si los niños y los jóvenes crecen escuchando únicamente que el mundo es un desastre y que todo está perdido, ayudaremos a crear una sociedad de pesimistas cómodos que se dedicarán a vivir, y a culpar de todos los males a la situación cósmica que les ha tocado soportar”.
Para Savater, la ética se refiere a la libertad examinada desde adentro, es decir, a la reflexión que cada individuo hace sobre la suya, la que le es propia. Es por ello que la escuela ha de propiciar el que sus alumnos reflexionen sobre ésta: ¿Hasta dónde llega mi libertad sin que afecte negativamente a ningún otro ser? Acorde con su edad, todos nuestros alumnos tienen la capacidad de razonar y argumentar en el terreno ético. Así, cuando hablamos de educación ética no queremos decir que ésta pueda o deba ser impuesta, sino por el contrario: La escuela es el espacio idóneo para que los alumnos comiencen a deliberar, y de ese modo, basándose en los valores éticos discutidos colectivamente, aprendan a tomar sus propias decisiones.